El Día de la Reina

 

Cuando estás de Erasmus no hacen falta excusas para salir de juerga. Cualquier día entre semana llegando a las 5 de la mañana semietílico debería servir como ejemplo de lo voluble de la conciencia de un estudiante universitario español viviendo en Alemania. Así que cuando dos amigos españoles te mandan un email hablándote de la posibilidad de venir a visitarte y aprovechar el desplazamiento para acercarse al megafiestón holandés del año, lo primero que te viene a la boca es: “soy mucho más fácil que eso, no os hacía falta ninguna excusa para que aceptase el plan”. En cualquier caso, nunca viene mal una excusa para cortar rápidamente las conversaciones impertinentes de los que sólo conocen de Amsterdam los coffeshops y el barrio rojo, y te preguntan sonriéndose: – “pero, ¿no habías estado ya más veces?” – “Sí, pero no el Día de la Reina”.

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Así que, el día 29 de Abril salíamos de Osnabrück en coche de alquiler, raudos y muy veloces por las autobahns alemanas camino de Amsterdam, con pequeño rodeo para recoger a los viajeros españoles en Düsseldorf. En el maletero nos acompañaban dos cajas de Maibock (ya explicaré en otra entrada sobre cervezas que es exactamente esto) y algo de comida para evitar los temidos estacazos que suelen meter en este tipo de fiestas en la calle.

El primer día al llegar  hicimos una visita más estándar a Amsterdam. Ya se notaba cierto ambiente de fiesta, pero aún distaba mucho de lo que nos esperaba la jornada siguiente. Este primer contacto me sirvió para reafirmarme en mis impresiones previas sobre la ciudad. Siendo Amsterdam una ciudad que me gusta, no es un lugar que llegue a fascinarme. Siempre que voy allí tengo la sensación de que la ciudad es una caricatura de sí misma, una trampa para turistas que pasean por sus calles como si lo hiciesen por un parque de atracciones para mayores de edad.

Caminando por el barrio rojo nos encontramos de frente con una visita guiada. Unos sesenta venerables ancianos siguiendo en fila la banderita del guía que los llevaba de paseo por delante de los famosos y conocidos escaparates. Todos de la mano paseando entre los cristales donde se exhiben casi desnudas las meretrices. Las ancianitas con cara sonriente y divertida, y ellos con cara seria intentando fingir indiferencia ante lo que veían. En el rato que pasamos por la zona vimos otras dos visitas más de ese tipo, aumentando mi sensación de estar en un parque temático del vicio.

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El día siguiente ya fue el Día de la Reina propiamente dicho. Decenas de miles de personas con atuendos naranjas colapsaban las calles de Amsterdam, y sin un rumbo fijo nos unimos a la turba caminando durante horas compartiendo el ambiente con los locales y turistas allí congregados, y durante el camino dimos buena cuenta de nuestras cervezas. Por los canales navegaban todo tipo de embarcaciones equipadas con su propia música y bebidas en las que los holandeses bailaban y se emborrachaban, pero de las que milagrosamente nadie caía al agua.

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Fue un día de fiesta largo y cansado, que para mi terminaría unas horas antes ya que se imponía la responsabilidad de conducir de vuelta a Alemania.

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